En las noches de luna llena, la madre de Raúl Vera, campesino ecuatoriano de 44 años, recorría a caballo la plantación familiar. Pero esa imagen idílica pertenece al pasado. En las 24 hectáreas que le correspondieron por herencia, ubicadas en la zona costera de Esmeraldas (Ecuador), recoge dos cosechas al año. Armado con su machete y protegido con sus botas de goma, vigila el estado de los árboles donde crecen las mazorcas del cacao, un fruto en todas las gamas de amarillo que cuelga de las ramas y contrasta con el verde de las hojas.
En el camino, Vera recoge aguacates, toronjo, chirimoyas, plátanos y manzanas en un cubo de plástico. Un espacio tan paradisiaco como sísmico. Los efectos del terremoto de 2016 todavía son evidentes en las viviendas y las réplicas son constantes. En la finca, cuenta, “no se mata ni a una hormiga”. Entre la hojarasca, una cáscara de ciruela sirve como manjar de los gusanos. Aquí se aprovecha todo, incluidas las hierbas silvestres que usan para curar dolores y enfermedades. Vera no usa fertilizantes, ni productos químicos ni pesticidas. Las mazorcas que recoge las transporta hasta el centro de acopio de la zona de Atacames, donde se almacena el fruto para ser sometido a los delicados procesos de fermentación y secado del grano en patios al sol, antes de enviarlo en sacos hasta la capital. Por su cacao “sin venenito” le pagan 100 dólares (la moneda del país) por quintal. Mucha “platita” si se compara con el campesino que, esa misma tarde de regreso a casa, tras una jornada completa en una finca colindante, cargaba al hombro el manojo de bananas pactado a modo de salario.
Raúl Vera vende sus cosechas a Santiago Peralta (Cuenca, 1971), fundador en 2002 de la firma Pacari (naturaleza en quechua), empresa productora de cacao orgánico y biodinámico. Más de 3.000 familias campesinas —en su mayoría ecuatorianas, aunque sus redes abarcan también plantaciones en Perú y Colombia— proporcionan el fruto que la empresa convierte en chocolate, en su fábrica de Quito, a un ritmo de 24.000 barras al día. Cerca de un centenar de empleados, uniformados de blanco de la cabeza a los pies, seleccionan los granos del cacao y los pelan antes de tostarlos y molerlos para transformarlos en polvo. De ahí a la amasadora, que los convierte en ese líquido oscuro que hace las delicias de niños y mayores; luego, a los moldes, donde se funde con una variada gama de sabores. Ingredientes como el jazmín, cardamomo, bayas andinas, rosa Andina o la sal de Maras procedente de las salinas de Cuzco potencian los nuevos sabores. Su producción incluye chocolate kosher.
Dicen que fueron los mayas los primeros en utilizar las semillas de esta planta y que su árbol crecía de forma natural 4.000 años antes del nacimiento de Cristo. Ahora, Ecuador, considerada una de las zonas privilegiadas de la biosfera, exporta cacao por valor de 900 millones de dólares al año y más de 100.000 familias viven de su cultivo. La importancia de esta industria, junto a la del petróleo y las bananas, ha sido crucial a lo largo de la historia de este país. El primer banco ecuatoriano se creó con los fondos que generaba el comercio de cacao. Pero Santiago Peralta quiso construir un mercado donde no lo había, “pagando el doble” que los cacaoteros tradicionales y fabricando chocolate orgánico. “Ser sostenible cuesta mucho dinero, lo que, en parte, justifica que el precio final sea más elevado que el de otros productos procedentes de la agricultura tradicional”, cuenta. Para conseguirlo, necesita estar presente en todas las fases, desde la producción —que incluye el cuidado del terreno donde crece el árbol— hasta la distribución a otros continentes, que realizan en contenedores propios. Su empresa posee el certificado Demeter (equivalente orgánico a la guía Michelin), que expende desde Alemania una empresa especializada, creada en 1927. La agricultura biodinámica implica, entre otras cosas, fertilizar los suelos con unos preparados homeopáticos que se expenden envasados y que han sido elaborados con estiércol de vaca, tomar en cuenta los ritmos lunares y planetarios y someterse a inspecciones periódicas que avalen la pureza de los procesos. La marca, que ha recibido críticas desde el punto de vista científico, ha sido registrada en más de 68 países.








Angélica comentó sobre ECUADOR: FIASA abre fondos para investigación agrícola · hace 9 h
«Muy excelente proyecto, yo trabajo en un proyecto fiasa con la universidad»