Esta harina es la identidad y el alimento del pueblo andino. En Latacunga quedan pocas personas dedicadas a su elaboración, se las llama “mashqueras”.
Desde el centro de Latacunga hacia el sector occidental se divisa una montaña que acoge un pintoresco barrio adornado con casas cuyas formas y tejados evocan al pasado. Su nombre: Loma de Brazales. Para muchos es desconocida, sin embargo ahí se forjó la identidad de los latacungueños.
La historia se cuenta sola en las casas donde aún hay tiestos: enormes pailas de hierro que sirven para tostar la cebada que más adelante se transforma en harina, conocida como máchica.
El laborioso proceso al que centenares de familias se han dedicado por generaciones pasaba desapercibido hasta que dos jóvenes, Freddy Molina y Adrián Cruz, cuyos abuelos entregaron su niñez, juventud y vejez a la elaboración de este alimento, decidieron crear “La Ruta de la Máchica”.
La manera más tradicional de usarla es en el “chapo”, que es la mezcla del producto con agua, café, té o leche, y algún endulzante.
En este recorrido el turista puede conocer la sacrificada labor. Las historias son relatadas por sus propios actores, rodeados de una atmósfera tibia, adornada por el dorado de la cebada tostada.
Gloria Vaca, de 70 años, recuerda cómo debían transportar los quintales de cebada desde otras ciudades hasta los tiestos en animales de carga.
Sus ojos grises se matizan de nostalgia al “desempolvar” aquellos momentos que parecen encapsulados en el tiempo.
Los visitantes no pierden ni una palabra del relato. Se conmueven al enterarse del sufrimiento que significaba caminar largas horas para traer la cebada, días enteros en tostarla para nuevamente llevarla hasta las casas donde había molinos; esperar el turno para poder usar las enormes piedras que trituraban la cebada, empacarla y nuevamente transportarla en mulas o burros.
Las harinas que se producían en Latacunga tenían como destino todas las ciudades del país. La más conocida era la máchica, de ahí que los capitalinos haciendo uso de su “sal quiteña” apodaran a los latacungueños como “mashcas”.
“Queremos crear identidad con sentimiento”, explicó Adrián Cruz, cuyo objetivo es exponer a nivel nacional e internacional una de las tradiciones más importantes de la ciudad, que nació por 1660, cuando los padres jesuitas llegaron a la capital cotopaxense e instalaron molinos de agua aprovechando la caída de los caudales de los ríos Pumachinchi, Cutuchi, Yanayacu y Cunuyacu.








Angélica comentó sobre ECUADOR: FIASA abre fondos para investigación agrícola · hace 6 h
«Muy excelente proyecto, yo trabajo en un proyecto fiasa con la universidad»